Mi experiencia.

Autor: Jose Manuel Perez Quesada. Psicólogo. 50 años.

 

Tengo 50 años, estoy casado, soy profesor de niños con Necesidades Educativas Especiales y psicólogo. Tengo una familia maravillosa, mi esposa, una hija y dos hijos de 22, 29 y 18 años respectivamente.

Llevo con el problema del trich, aproximadamente 40 años. En momentos de estrés o tensión y como vía de escape utilizo el arrancamiento del cabello como forma de superar dicha ansiedad con el confort y el alivio que conlleva. Ha habido un fracaso continuo y repetido en resistir dicho impulso, llegando a pérdidas notables de pelo con calvas abundantes y repartidas por la cabeza.

No he tenido ninguna enfermedad médica que pudiera tener relación. Siempre he tenido un pelo bastante bonito. El problema ya a los 43 años me causaba un malestar general que no podía aguantar más tiempo. Me lo arrancaba delante de mis amigos, mis hijos, mi mujer, mi familia y no podía seguir así.

El problema surgió, según fuentes familiares más cercanas, aproximadamente entre los 3-6 años, en el parvulario. Fue a los dos años de tener el problema cuando comenzaron a darse cuenta con una atención que en principio estaba dentro de lo normal, pero que luego conforme avanzaba el tiempo era desmedida. Se agrava en la infancia. Toda la familia venía a ver las calvas, donde estaban y que extensión tenían.

Mi madre, al no saber que hacer, recurrió a todo tipo de artilugios.

A la edad de entre 8-12 años, iba muchas veces al colegio con los dedos cubiertos de esparadrapo, para que no me pudiera tirar. Pero el truco que yo tenia tardó en descubrirlo, puesto que me liaba los dedos de la mano izquierda porque con la derecha tenía que escribir. Así que yo empeñado en seguir, dejaba el bolígrafo que tenía en la mano derecha, y a la labor, tira que tira. Poco a poco las medidas para solucionar el problema fueron variando, a cual de ellas más original, como la consabida gorra, en la que por dentro metía los dedos y tiraba; hasta la de pintarme de negro las calvas para disimularlas.

Tarde o temprano tenía que llegar la medida más frustrante, por la cual sería la burla de los amigos, familiares, barrio, y pueblo. El sufrimiento era terrible y era cuando me pelaban toda la cabeza, y ver la cara de satisfacción del peluquero. Imaginaba como estaría él con el mismo corte de pelo. Cuando salía de la peluquería no sabía donde esconderme, sobre todo al ver la amplia sonrisa del peluquero Joaquín cuando extendía el delantal para que cayeran los pelos al suelo, porque en mi cabeza ya no quedaba ninguno. Me iba a casa y estaba toda la tarde o el día sin salir porque me daba mucha vergüenza.

Los motes era de los más variados: "el calvi", "el calvo", "el pelao", "el tres pelos", "el calvuri", "el calvuria"..., de muchos ya no me acuerdo, pero podría haber llenado bastantes páginas. Y nadie sabía en aquella época (años 1960-1970) que además del peluquero, las gorras, el tiznado de las calvas o el esparadrapo existían técnicas conductistas efectivas para al menos controlar el problema.

Mi madre, me obligaba a salir a la calle y a no quedarme encerrado en casa, y me obligaba fuese como fuese, por las buenas o por la malas.

Con el tiempo al hacerme mayor, me casé, tuve hijos pero el problema no disminuyó. A los treinta años, me propuse buscar ayuda profesional y encontré por suerte un psicólogo competente y preparado. Su línea de trabajo estaba dentro del modelo de la psicología humanista. Me ayudó a solucionar el problema. Hubo una remisión importante que duró diez años y que pensaba que había eliminado el problema para siempre. Pero no, este volvió de nuevo, unido a lo que se ha denominado en llamar, el síndrome del cuidador de personas con demencias seniles.

Mi madre sufrió un estrés postraumático, después del accidente laboral de mi padre (1956), en ese momento tenia yo seis meses. Me separaron de ella durante un tiempo breve y me llevaron con otra mujer. Me crié como hijo único con unos abuelos que al igual que mi madre me quisieron mucho y rodeado de un apoyo social como era la familia de mi padre.

Después de acabar unos cursos de Análisis Transaccional, decidí ir a la Universidad, psicología. Al terminar en la universidad (1994), tuve que hacerme cargo de mi madre como hijo único que era, y atenderla en su enfermedad de Alzheimer. A los pocos años se desencadenó de nuevo el problema y comencé a tirarme. Mi madre tras la enfermedad que duró diez años, falleció.

Actualmente lo estoy superando y es cuando me he tenido que enfrentar al problema. No he tenido problemas de salud ni tampoco he tomado drogas. Tampoco he tomado ningún tipo de medicamentos para solucionar el problema. La razón fundamental que me ha llevado a desear eliminar el hábito, ha sido la falta de autocontrol, puesto que siempre me he dicho que con entrenamiento se consiguen hasta las cosas mas difíciles pero ...¿por qué no con esto? Los tratamiento a los que me he sometido, como el de Análisis Transaccional no han sido del todo positivos. Las técnicas utilizadas obtuvieron resultados positivos, como la total eliminación que ha durado diez años. La recaída se produjo por una situación de estrés.

Actualmente estoy sin tirarme del pelo, aunque con alguna pequeña recaída, debido a la aplicación de un autotratamiento basado en el modelo cognitivo-conductual y espero seguir así.

 

José Manuel Pérez Quesada (Spain)

Psicólogo Col. Núm. MU-01124

josemanuelq@hotmail.com

 

 

http://www.monografias.com/trabajos5/trico/trico.shtml